Ébola

Te hiciste camino entre las sábanas de la única cama que había para ustedes dos. Lo sabías, Rolf Mckenzie, que dos cuerpos juntos lo único que logran es la ausencia de toda palabra posible e imaginada. Allí, en el silencio de aquella cama queen, rodeados del mosquitero que los aldeanos les proveyeron, allí en el corazón de África, hiciste el amor con tu compañero, Charlie Goddard. Y allí, sin poder atisbar la infección que se apoderaba de su cuerpo, te hiciste camino dentro del suyo, apartándole las nalgas mientras le mordías el lóbulo derecho, sin decir palabra alguna, sin hacer gemidos ni ruido, sólo el silencio del ébola. Tres meses antes te habían llamado de la Corporación para que fueras a África a investigar una nueva variante de la cepa Marlburg, la cual había reaparecido entre una banda de chimpancés del Congo Sur. Unos nativos hallaron los cadáveres de los simios como bolsas de sangre, con todos los órganos hechos líquido. Unos días después, fueron los nativos los que murieron desangrados por los ojos, los oídos y el culo, por entre las uñas y la piel, por cada abertura natural del cuerpo por donde puede pasar una gota de sangre sin perder su esencia. Quedaste enamorado y dijiste que sí, que aceptabas hacerte cargo de la investigación. Llevabas a África entre cuero y sangre.
El primer día fue el peor, pero no más que la primera noche. África se te pega en la piel como el silencio, la humedad y la muerte. Los mosquitos parecían traspasar la tela del mosquitero, o a lo mejor se teletransportaban a través de esta, para hincar sus agujas en tu piel desnuda. Charlie llegó al otro día. Ese muchacho escuálido, descendiente de irlandeses, en cuyo cuerpo cada músculo y gramo de grasa tenía un propósito y un lugar; aquel muchacho de no más de 26 años, con la mirada cansada y sabia de 86, aquel muchacho te ofreció la mano, pero no te dijo nunca “un placer conocerle”, porque en África el calor se te adhiere a la piel como una maldición que se come los modales y la modestia. Charlie, según observaste, llevaba puesto unos pantalones cortos cargo, unos mocasines sin medias de ningún color importante, y una camisilla negra que lo salvaba del bochorno del sudor entre las axilas de una camisa. Demasiado joven para esta investigación, pensaste cuando viste su mohawk semirrubio, seminegro -en el caso de un irlandés nunca se sabe- y su pantalla en la oreja derecha.
-¿Dónde puedo dejar mis cosas? -preguntó, como queriendo realmente preguntar, ¿dónde se supone que voy a dormir?
-No sé qué decirte, chico. Esta es la única cama en todo el campamento. Según me dijeron, el gobierno pensó en darnos lo mejor que tenía a nosotros dos, que somos los directores del programa. Los demás catres están en las barracas de los guardias y de los otros empleados, si quieres dormir allá. Pero no tienen mosquiteros.
-Uf, odio los mosquitos -sentenció, dejando caer sus dos bultos negros al lado de la cama sin ningún reparo en modales ni sensibilidades absurdas.
Comenzamos a trabajar a los dos días de él haber llegado. En el campamento había una estación completamente sellada con tres niveles de entrada: en el primer nivel nos desnudábamos, inspeccionados nuestros cuerpos por personal del campamento en busca de heridas o aberturas recientes en la piel. Ya a ese nivel nos ponían la vestimenta de cirujano, recogiendo nuestro cabello hacia atrás con un gel especial para ello, para luego ponernos un gorro en la cabeza. Me puse la máscara de filtro y le hice un ademán de buenos días a Charlie que, por supuesto, no contestó. Luego entramos a la cámara del segundo nivel, en donde nos ataviaron con un traje de plástico y un tanque de oxígeno que duraría exactamente 3 horas, 39 minutos y 2 segundos, no más, pero sí menos, dependiendo del ritmo de nuestras respiraciones.
Ya en el tercer nivel, nos pusimos los trajes de astronauta. Charlie me volteó para revisar que no hubiera tajos en la parte de atrás de mi traje, y yo hice lo mismo con él. Luego la contraseña, y la puerta eléctrica se abrió para dar paso al laboratorio, en donde todo estaba contaminado, sin importar los antisépticos, ni los sprays de Lysol o Clorox, ni el mucho cuidado, porque cuando se trata de chimpancés en sus últimos respiros conscientes de vida, no hay tal cosa como sanidad absoluta. Tampoco algo que tan siquiera pueda acercarse a ello. Y es que el Ébola es una muerte que se corre en el aire, una verdadera peste silente al olfato.
Los primeros días transcurrieron con absoluta normalidad. Entre aguja y pinchazo en la vena de un animal, Charlie se tiraba su irlandesa broma formal, que siempre comenzaba con “un hombre le decía a otro”, la cual yo siempre ignoraba, pero sólo luego de mirarlo a los ojos con rostro de hastío y “cállate ya que me apesta tu presencia”. Terminábamos de analizar las muestras de sangre y tratar de aislar el virus -lo cual nos tomaba cerca de ocho horas y tres cambios de tanque de oxígeno, lo que representaba ir y venir desde el nivel I tres veces al día-; para luego retirarnos a cenar, en el caso de Charlie enrolar un cigarrillo de mezcla inglesa, fumar y quejarse del terrible destino que le acaeció a Irlanda del Norte, donde vivía su madre. Pensé en lo terrible de un destino que no pueda ser inefable, para mí la oscuridad es un alivio, y el Ébola, un virus sabio, probablemente milenario, y muy cansado de cargar con el peso de millones de años de aberraciones genéticas y de adaptarse para sobrevivir. Por ello esperaba con ansias bajo las sábanas de aquella cama queen, sólo dejando mi ojo izquierdo al descubierto para poder verlo mientras se desnudaba y se acostaba a mi lado, no tan cerca, pero bastante. Su cuerpo olía a humo y sudor porque, contra todas mis recomendaciones, Charlie no se duchaba antes de acostarse.
Lo que pasó, tuvo lugar el tercer mes de repetir la misma rutina de todos los días. Una tarde, cuando volvían del campamento notaste algo en la parte de atrás de su traje de astronauta. Había un rasguño. Pensaste en que jamás lo verías nuevamente si decías palabra alguna. Lo meterían en el “submarino” de cuarentena que tenían detrás de las barracas y el laboratorio. Extrañarías su mirada de reproche ante cualquier broma de las tuyas, su cara de asco cada vez que le llegaba algo de humo cuando fumabas, y sobre todo, cómo se hacía el dormido bajo las sábanas cuando te desnudabas por las noches. Esa noche te acostaste en la cama y lo miraste fijo a los ojos. No hubo palabra entre ustedes. Comenzó a llover y las gotas se hacían mar cayendo a chorros por entre las tablas de madera del techo de la choza. Fingiste frío y lo hiciste muy bien, porque algo en sus ojos ablandó su seriedad tan hermética como aquel laboratorio. Levantó la sábana y sólo entonces viste que él también estaba desnudo.
Rolf Mckenzie se abrazó a su compañero haciéndose camino en el silencio de la lluvia. Mezclaron átomos con una ternura que sólo el silencio podía hacer posible, y sólo entonces, en el justo momento del orgasmo compartido, entendieron que el Ébola, como la muerte, sólo necesita un pequeño momento de intimidad.
Este cuento recibió una mención honorífica en el certamen de cuento de El Nuevo Día 2007. Autor es David C. Acevedo.

La última dedicatoria

Serían alrededor de las seis de la tarde cuando René vio sobre su escritorio un pequeño sobre amarillo. No tenía nada de peculiar, nada distinto a los otros sobres que había revisado durante el día; pero aún así no dejaba de inquietarle. Miró a todos lados, como si fuera posible que alguien lo estuviera mirando. Abrió lentamente y sacó un papel azul. Lo leyó detenidamente y de inmediato, desconcertado, como quien descifra un idioma desconocido, releyó el mensaje escrito a puño y letra:
“Quien te dedica este libro lo ha escogido con sumo cuidado. Se te entregará este jueves en la Plaza Colón antes de las nueve de la noche y su único motivo es tu asesinato”.
Con el mismo desconcierto se puso a escribir. Su hermosa cursiva, levemente más ancha en los bordes, recordaba el cuidado de los copistas medievales, los manuscritos persas o los antiguos rótulos de Kioto. Trazaba las líneas con tanta delicadeza rastreando a tientas cada punto hasta encajar todas las piezas a perfección. El ojo humano, tan acostumbrado a leer de pasada, nunca se hubiera imaginado las horas que René pasaba en su escritorio en busca de la forma perfecta. Allí, en el viejo escritorio, había estudiado durante años las letras de distintos alfabetos, tanto así que sabía reconocer perfectamente los caracteres árabes y sus variantes: con tan sólo una ojeada diferenciaba si el texto había sido escrito en Siria a finales del siglo IX o en Beirut en pleno siglo XVIII. Cuando un viejo amigo se presentó en su casa para que le transcribiera algún poema de Neruda para su amante de turno, se jactó de transcribir el “Poema 20” dando a las letras la forma de un inmenso espantapájaros con una mazorca en la mano. Desde luego, el amigo, tomándolo un poco a la ligera, vio en René los primeros síntomas de locura; le dio las gracias y se apresuró a salir del lugar no sin antes deshacerse del papel.
Se había especializado en escribir dedicatorias de libros. Hace apenas cuatro meses que había decidido montar el negocio en la avenida Universidad, y sus servicios habían conseguido cierta demanda entre la gente de la ciudad. Incluso se había hecho de un ayudante, Felipe, un estudiante de drama, que se encargaba de tomar los pedidos en las tardes. La mayoría venía por curiosidad o por falta de imaginación a la hora de dedicarle algún tomo de poemas a su pareja; otros, los pocos, conocían su talento y querían lucirse en las librerías tertuliando a la manera Starbucks, comentando los últimos desaciertos de René. Se jactaba de ser el mejor de todos los que se habían dedicado al arte de la dedicatoria. Con el tiempo había aprendido que a sus clientes les gustaban los juegos con el título mismo del libro que pretendían dedicar. Como con el último libro de Marta Aponte Alsina: “Para una vampiresa de una de tus víctimas” o el de José Liboy: “Cada vez te despides mejor, ¿qué tal si esta vez te quedas para variar?” o el de Pedro Cabiya: “De un enamorado que quiere vivir una historia atroz a tu lado si le das la oportunidad”. Su extravagante oficio lo había convertido en un experto en los gustos masculinos y femeninos, aunque, desde luego, eran estos últimos los que ganaban la carrera en el demandante negocio de las dedicatorias. Secreto: el piropo estaba más vivo que nunca y reinaba imperante en las primeras páginas de las bibliotecas, dispuesto a ser develado por quien pudiera abrir el cofre. Un piropo es un pequeño rubí que se nos entrega.
Por eso, cuando abrió el sobre amarillo esa tarde se sintió raro. Con el mismo celo que demostraba en todos sus pedidos, se puso a practicar en su cuaderno las letras que mejor casaran con el mensaje. Era un cuaderno de páginas azules con líneas más separadas de lo normal que facilitaban la escritura. Desde que lo había comprado en uno de sus muchos viajes a Nueva York lo llevaba consigo en todo momento.
Sobra decir al lector que este tipo de dedicatorias era la que menos le gustaba. Prefería lucirse inventando las palabras, haciendo combinaciones y no simplemente trascribiendo lo que ya alguien se había tomado el tiempo de redactar. Esta vez, sin embargo, llegó a la conclusión de que la dedicatoria era un mensaje o, más bien, una provocación. Quienquiera que la hubiese escrito parecía decidido a cometer un crimen el jueves en la Plaza Colón antes de las 9 de la noche. El asesino estaría allí, libro en mano, esperando a la chica, que no conocería su suerte hasta el preciso momento de leer la dedicatoria. Desgraciadamente, esta es lo primero que buscamos entre las páginas. René pensó en llamar a la policía, pero desistió tras varias horas de reflexión sobre qué era exactamente lo que había que reportar. El especialista en dedicatorias tendría que intervenir. Decidido, entonces, René llegaría antes de las 9, exploraría el terreno y, tan pronto encontrase al asesino leyendo en algún rincón, se dirigiría a él y sin mediar palabra le clavaría una cuchillada para asegurarse de que su enemigo no tendría suficientes fuerzas para atacar a la chica.
De pronto, como si se le prendiera la luz de una idea y le fulminara, René cayó en la cuenta de que la nota no había sido acompañada del libro. Así, tras una larga noche de insomnio tratando de descifrar el mensaje, le preguntó a Felipe si sabía quién había traído un sobre amarillo la tarde del día anterior. Felipe no sabía nada ni del libro ni del sobre. Entonces, René comprendió y se sintió digno. Al fin, había encontrado en esta Isla una mente capaz de retar su labor de escritura. No sólo tendría que copiar el mensaje para evitar el crimen sino que también tenía que escoger con cuidado el libro. Su labor de copista se veía ahora alentada por el reto, por divagaciones y tanteos, al fin y al cabo esta encomienda estaba destinada a él exclusivamente. Desde luego, a pesar de la emoción generada por el reto, la elección del libro no sería una tarea fácil. Desde los clásicos como Poe, Dostoievski, Conan Doyle y Agatha Christie hasta los más contemporáneos como Hammett, Chandler y Rodríguez Juliá, la biblioteca de René estaba llena de libros sobre historias detectivescas y de misterio. Este no, este quizás, este es importante pero no creo, aquel ni pensarlo, el otro podría ser… espera, espera, párate ahí, definitivamente tiene que ser este. Así que aquella noche de martes, René encontró el libro que necesitaba para hacer su encomienda y en él copió la dedicatoria que tanto había practicado en su cuaderno de páginas azules.
***
El miércoles fue un día normal. En la mañana, René estuvo buscando el cuchillo más afilado. Tenedores con granos de arroz, cucharas mohosas, platos con bordes rotos, cuchillos sin filo. Siguió buscando hasta que encontró, envuelto en un pañuelo, un cuchillo hermoso, afilado en la punta y que nunca se había usado. ¡Qué bien! -pensó. Todo estaba a su favor. Se dirigió a su oficina. Se encontró con algunos clientes en el camino, pero evitó ser visto; no quería hablar con nadie. En el negocio de libros con dedicatorias la gente sabe muy bien cuando alguien quiere evitar el encuentro y se ha creado una especie de código: esquivo por esquivo, arrogancia por arrogancia. Siempre funciona. Permaneció encerrado la mayor parte del día. Quería repasar todos los detalles: el papel con la dedicatoria, el libro seleccionado, su hermosa cursiva, el cuchillo afilado.
Ya en la tarde, el hambre invadía a René. No había probado bocado en todo el día ante la incertidumbre que experimentaba. Decidió salir a buscar comida. Pero a su regreso… ¡la sorpresa! El libro ya no estaba allí. Definitivamente, alguien había estado en la oficina y se había llevado el libro por equivocación o, en el mejor de los casos, Felipe lo había guardado en otro lugar. Esperó varios minutos pensando en la identidad del posible ladrón y fue entonces cuando Felipe apareció. Sin darle paso a la palabra, el fiel empleado le habló con loas del cliente que había venido a buscar el libro con la dedicatoria ya copiada. De hecho, Felipe le aseguró que el cliente -de buenas maneras, aspecto misterioso y proyección de buen actor- pagó una suma mayor a la que usualmente pagaban sus clientes. Y añadió que nada le había dado más gusto que haber hecho esa entrega. René sintió que el mundo entero se le venía abajo. Ya no sólo no podría reconocer el rostro del asesino sino que ya no podría entregar el libro al que tantos cuidados le había dedicado. Felipe ofrecía tan sólo detalles vagos sobre el rostro del criminal… un rostro que, sin duda, se parecía a cualquier otro rostro. De todos modos, iría a su encuentro. Cualquier otra cosa lo convertía en cómplice.
Ya el jueves, algo inquieto, se dirigió al Viejo San Juan. Iba absorto en sus pensamientos. Cuando el pensamiento nos invade por completo, no somos más que el latido del corazón que va fluyendo, sangre precipitándose por venas y arterias, la confirmación de un sonido que viene de adentro. Y de pronto… de pronto… Buenas noches. Mi nombre es Silvestre Alegría. Soy un poeta puertorriqueño y vendo poesía de la más alta calidad. Hoy estoy regalando por un dólar el poema “Te ando buscando pero no te encuentro” y la oda “Dime dónde te escondes”. René siguió caminando. Justo así, justo así, seres inesperados invaden nuestras cavilaciones tal como el vendedor de enciclopedias que nos toca a la puerta cuando estamos a punto de cometer una atrocidad. René siguió caminando; no quería ser distraído. Serían alrededor de las ocho y treinta y cinco cuando llegó a la Plaza Colón. Pasó su mirada por todas direcciones, pero no pudo ver a nadie. Sintió que alguien le tocaba el hombro; se volvió y, antes que en cualquier rostro, su vista se fijó en el libro que alguien ponía en sus manos. Sólo bastó un segundo para que René reconociera el libro y supiera el lugar que ocupaba en esta historia.
Este cuento recibió una mención honorífica en el Certamen de cuento de El Nuevo Día de este año. Autor Melissa Figueroa