Entre la fiesta y el ron caña

Apenas son las 10:30 de la mañana de un sábado lluvioso, y a esta hora comenzamos a hablar del más buscado, el rey de la fiesta: el ron cañita de don Juan. El ‘químico’ del Alambique todavía no ha llegado. Nos recibe el dueño de la finca: un abogado con gorra de pelota que da los saludos de rigor y nos lleva directamente a un dron de plástico tapado con una tabla. “Huele eso”, dice mientras la pequeña habitación de una minúscula casa de madera se impregna de arriba a abajo. El olor patea, puro melao de caña fermentada con un babote cremoso y marrón oscuro en la superficie. Ésa es la base para el ron que procesarán en unas horas.
En el balcón, varios amigos sonríen sin parar, un antiguo radio con música navideña suena a todo volumen, un racimo de plátanos recién cortado descansa sobre un sofá sin cojines y varias neveritas llenas de cerveza esperan silenciosas.
El día promete. El balcón comienza a llenarse de gente que ha llegado hasta la montaña para conocer cómo se hace el ron cañita. Hay tres hombres desyerbando y limpiando la finca, que en un mes tendrá una gran fiesta jíbara.
Rodeado de curiosos, don Juan comienza a elaborar el pitorro, que comienza con la fermentación de la melaza de caña y culmina con la destilación del ron. Ángel M. Rivera
En 20 minutos llega don Juan, veterano en el negocio del ron clandestino. Según cuenta, ya son 40 años haciendo pitorro. Y con don Juan, llegan las risas. “Ya sabes que si vamos a ir presos, tú me sacas”, dice muerto de la risa al abogado. Ríen. Se presentan todos. Un señor de unos 40 años, que llega con su hijo adolescente, llama la atención entre los presentes. “Él trabaja en Corrección”, comenta el abogado.
“Perfecto”, contesta don Juan. “Si voy pa’ dentro, me van a visitar a Bayamón, y con éste de Corrección, allá me tratarán bien”. Vuelven a reírse.
Rodeado de los curiosos, don Juan comienza su clase. “Hay que botarle el mostro. Eso es lo que sobró. Es la melaza que no sirve”, explica mientras abre una zanja en la tierra con un pico filoso. Destapa el dron de ‘stainless steel’ y sale un líquido marrón oscuro con olor a caña fermentada.
Prepara el fogón bajo el dron de metal y da la señal. Desde la casita de madera, uno de sus ayudantes succiona una manguera de patio por una esquina y la conecta al dron de plástico en el minúsculo cuartito. De inmediato, la melaza comienza a moverse a toda prisa hasta el dron de ‘stainless steel’. En minutos se vacía el dron de plástico. Y don Juan grita las instrucciones. “Déjale el pie, el pie, pa’ la próxima”, refiriéndose a tres pulgadas de fondo que necesita para comenzar la otra mezcla de melaza. Esa la prepararán más tarde y la sacarán en los próximos 15 días.
Con el resto de la melaza debidamente transportada hasta el dron plateado, don Juan se encarga de conectar y asegurar con tiras de tela y harina de maíz toda la tubería en cobre y metal.
Mientras el dron calienta y se ajustan todas las mangas que ayudarán en la destilación del ron, las conversaciones sacan chispas. Don Juan narra una de tantas veces que ha pisado un tribunal para pagar multas por su negocio. “La última vez me cogieron de pen… Era un encubierto y me vino a comprar carbón y luego me pidió ron. Como no tenía la pistola encima… le vendí”, dice sobre un caso donde él mismo se defendió sin utilizar abogado, por tal de economizarse los $500 de representación. “Ya sé lo que me van a decir”, comenta. Lo multaron con $52, pero como el encubierto le había pagado $35 por el carbón y el ron, sólo perdió $17 por el mal rato.
Comienza a lloviznar y corre a tapar el fogón con una plancha de cinc. Dos mujeres llegan con bolsas de compra. “¿Qué traíste?”, les pregunta tan pronto llegan al rancho. “Ñame, yautía, papa, calabaza”, dicen y comienzan a preparar el guiso.
Es cerca del mediodía y se siguen sumando visitantes a la fiesta de campo. El vapor de ron ha calentado una manga de cobre que se conecta a una serpentina ubicada en un tercer dron con agua fría. Allí finalmente es que ocurre la transformación. El vapor se convertirá en líquido y saldrá por un pequeño tubo de cobre envuelto en algodones y colado con más algodón. Son casi las 2:08 de la tarde cuando comienzan a gritar: “está saliendo, está saliendo”. Comenzó, la fiesta.

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