A raíz del establecimiento de la primera imprenta en Puerto Rico entre el 1801 y 18061, surgen los carteles tipográficos como parte de los materiales producidos que se distribuían o se fijaban en áreas públicas. Entre éstos figuran las hojas informativas, ordenanzas, proclamas y anuncios de carácter religioso.
Para finales del siglo XIX, la documentación existente demuestra además, que comienzan a utilizarse carteles impresos localmente o importados con imágenes realizadas en litografía o xilografía. Se han documentado para finales de los 1890 y a principio de los 1900 carteles con varias figuras alusivas a representaciones teatrales o al anuncio de productos de la época.
Como ejemplo curioso sobresale una imagen de Columbia, la dama 2 América, personaje alegórico vinculado a carteles de circo o productos comerciales. Los carteles tipográficos o con imágenes de este periodo son en su mayoría para anunciar zarzuelas, operetas, actividades sociales, conciertos, cine, medicinas y actividades políticas.
Hoy día, centrados en la perspectiva que nos ofrece el tiempo transcurrido y con nuevas técnicas de análisis, podemos apreciar claramente cómo los carteles tipográficos sirvieron en Puerto Rico para acercarnos al desarrollo de una época crucial y nos vincularon históricamente con la evolución de los medios de comunicación como eje para adelantar el conocimiento y las ideas innovadoras, en un momento de cambios drásticos y luchas profundas en todos los frentes.
Y en el caso de los carteles con imágenes de este período, lo cautivante es poderlos evaluar retrospectivamente para aclarar cómo y hasta qué grado fuimos partícipes y receptores del desarrollo de la imagen gráfica desde el otro lado de los grandes centros metropolitanos, lugares éstos donde se provocaron los cambios significativos que adelantaron al cartel como medio o instrumento útil para exponer y convencer.
Aquí, en el Puerto Rico de finales del siglo XX, donde extrañamente no ha habido interés justo por el estudio de los primeros carteles producidos localmente, no debemos seguir perpetuando la idea de que son documentos menores sin importancia alguna. Pues a toda luz, son parte del legado que sirvió de puente entre dos siglos y junto al libro y la prensa, abrieron la brecha que permitió a un pueblo con peculiaridades propias, afianzar canales de expresión válidos para irse definiendo en el proceso. Además, nunca perdieron, a pesar del cambio de soberanía en 1898, esa capacidad de servirnos de eslabón con el viejo continente y recordarnos que las letras, la imprenta y la imagen gráfica formaron parte de la herencia incuestionable que desde entonces atesoramos para siempre.
Desde finales de los años diez y en los veinte, los carteles presentan imágenes en estilos art nouveau y deco con colores muy a la usanza de la época. Mencionamos con especial atención los producidos para las óperas y carnavales, como los de Oliver Shaw, los cuales no solamente se reproducían como carteles, sino también como portadas de revistas, programas y demás materiales relacionados a las actividades anunciadas. Para los treinta, el cartel carnavalesco llega a un nivel de excelencia verdaderamente sobresaliente. Se destacan los diseñados por José A. Maduro, en cuyo cartel para el carnaval de 1937 logra con acierto una imagen que nos remite claramente a un legado hispánico pero sin perder de referencia a la ciudad de San Juan como centro de la actividad.
A finales de la década de los cuarenta, en el 1946, 3 se funda el Taller de Cinema y Gráfica de Parques y Recreo Público3. En el mismo, la producción de carteles se encauza dentro de los esquemas previamente desarrollados en los Estados Unidos en la Works Progress Administration (WPA)4. De manera que cuando en 1949 el Taller pasa a ser la División de Educación de la Comunidad (DIVEDCO), el marco de referencia y desarrollo ya había sido probado localmente por espacio de tres años y confirmado, que los artistas participantes podían trabajar una cartelística a fin con los objetivos y canales desarrollados en las estructuras gubernamentales de los Estados Unidos para esa época. Hayan estado concientes o no sobre lo mismo, no tiene importancia, pues los artistas que trabajaron en la DIVEDCO se insertaron en una infraestructura establecida por otros que sí conocían de primera mano los alcances logrados en el norte y su continuo desarrollo.
Podríamos añadir que hasta temáticamente hay paralelos con la cartelística producida en la WPA5, obviamente matizada por el área a que va dirigida, en nuestro caso: Puerto Rico, en el de ellos: Alabama, Nueva York, Texas y demás estados. Una variante particular es el cartel navideño, el cual podemos ver, en un estudio comparativo, como una respuesta local al tan desarrollado cartel de turismo interno promocionado por la WPA. Si eliminamos los textos visualizamos, con mayor agudeza los paralelos entre uno y otro.
El trabajo continuo en la DIVEDCO y posteriormente en los talleres del Instituto de Cultura Puertorriqueña fue generando un cuerpo de obras en su inmensa mayoría impresas en serigrafía, que se nos muestran hoy en día como productos de una escuela cuyo denominador común fue la ejecución en esa técnica gráfica. Esta escuela serigráfica puertorriqueña, que alcanza un desarrollo sin igual durante los años sesenta, comienza a declinar vertiginosamente a principio de los ochenta.
Una gran parte de los carteles producidos en esta escuela no se realizaron como carteles, pues escasamente fueron a parar a los muros para anunciar las actividades. Más bien fueron impresos sabiendo de antemano que su producción iba a ser de tipo conmemorativo o de recordatorio, y su fin, en última instancia, monetario, como si fueran grabados o estampas para la venta y no anuncios para las paredes.
Por otro lado, la hoja suelta o el pequeño cartel, que sobresale en preferencia desde el siglo XIX como un vehículo para informar rápido y de bajo costo, a mediados del XX entra en un período de estancamiento provocado, a nuestro entender, al perder la impresión tipográfica su predominio. En los años sesenta es que comienza nuevamente a resurgir con fuerza a raíz del interés que despierta como un medio sumamente flexible e inmediato para anunciar actividades teatrales y musicales. Entradas las décadas de los ochenta y noventa, y con el apoyo técnico de la computadora, logra convertirse en una herramienta incisiva, de factura fácil y en muchos casos con la capacidad de ser verdaderamente deslumbrante.
Si ha habido un país con una producción continua de carteles políticos, ese ha sido Puerto Rico. Sin embargo, raras veces se le ha dado el reconocimiento que merece. Su continuidad no tiene igual, su producción probablemente ha sido sobrepasada únicamente por el cartel comercial y su importancia prácticamente negada 6. Aún así, se forran los muros, se fijan las claves en la memoria colectiva y los cautivados por su insistencia esperamos con desespero una reevaluación que le haga justicia. El cartel publicitario, que comienza a tomar fuerza entrando el siglo XX, desde sus comienzos fue resuelto en una forma bastante dependiente de las promociones europeas y estadounidenses. En muchos casos, no fueron más que imágenes importadas con los textos traducidos o no al español, y en otros casos, versiones locales de los carteles extranjeros.
Esta dependencia, la cual hoy podemos entender mejor si aplicamos el concepto de campaña publicitaria para el mercado internacional, no debe ser realmente un problema para su justo aprecio y evaluación, ya que encaja perfectamente en lo que es promocionar un producto a nivel mundial. Razón que motiva en nosotros buscar los esquemas de mercadeo y promoción de los productos nuestros del momento para poder así comprender el desarrollo de la cartelística puertorriqueña en ese ámbito7. Partiendo de este interés señalamos, que no es sino hasta la década de los 60 que se comienzan a producir, aunque esporádicamente, ejemplos relevantes de carteles comerciales como lo son los producidos en las campañas Cantalicio de la Cervecería Corona y el Granito Sello Rojo de las distribuidoras de arroz en Puerto Rico. Luego de estos ejemplos, habrá que esperar hasta finales de 1970 para que la guerra de las cervezas y licores produzca carteles comerciales memorables, no solo con proyección internacional, sino también con un arraigo tan particularmente nuestro, que indiscutiblemente por primera vez se logra en el país manejar con acierto, en este tipo de cartel, elementos y matices locales en una forma convincente, cautivadora y gráficamente poderosa.
El estudio serio del cartel en Puerto Rico ha girado casi exclusivamente en torno al cartel serigráfico producido desde finales de los años 40. El interés un tanto desmedido provocado por los carteles realizados a partir de la creación de la División de Educación de la Comunidad, arrojó lamentablemente un manto de penumbra sobre toda la producción anterior y en especial al legado decimonónico y de principios de siglo que tan bien cumplió su propósito primordial de anunciar actividades, hechos, eventos y mercadeo de productos.
En la mayor parte de los textos publicados, no se atiende adecuadamente este legado y se pasa a exaltar solamente la producción de los carteles de la escuela serigráfica puertorriqueña como si fueran los únicos de valor e importancia histórica para apreciarnos mejor como pueblo. Además, las producciones de carteles en otras técnicas han corrido igual suerte, dando la impresión de que la serigrafía ha sido el único criterio utilizado para validar a un cartel y no el de su diseño. Por lo tanto, no nos interesa en esta exposición hacer un acercamiento a la producción cartelística en Puerto Rico sectariamente, sino más bien presentar una visión amplia que permita aclarar en su justa medida, con sus altas y sus bajas, la evolución del cartel en nuestro entorno como un medio de comunicación con importancia innegable.

Puerto Rico 1952 In Poster

De Puerto Rico el tazón más grande del mundo.  Otra vez Puerto Rico lo hace mejor. El premio lo adjudico Johanna Hessling, certificó el nuevo record para la taza de café más grande del mundo. La tasa fue fabricada por PuertoRicoIsCoffee.com y se llenó con 12.847,69 litros de café. Nuestra isla ha producido café desde el siglo 18 y hoy en día nuestro café es reconocido globalmente por su rico sabor.

Apenas son las 10:30 de la mañana de un sábado lluvioso, y a esta hora comenzamos a hablar del más buscado, el rey de la fiesta: el ron cañita de don Juan. El ‘químico’ del Alambique todavía no ha llegado. Nos recibe el dueño de la finca: un abogado con gorra de pelota que da los saludos de rigor y nos lleva directamente a un dron de plástico tapado con una tabla. “Huele eso”, dice mientras la pequeña habitación de una minúscula casa de madera se impregna de arriba a abajo. El olor patea, puro melao de caña fermentada con un babote cremoso y marrón oscuro en la superficie. Ésa es la base para el ron que procesarán en unas horas.
En el balcón, varios amigos sonríen sin parar, un antiguo radio con música navideña suena a todo volumen, un racimo de plátanos recién cortado descansa sobre un sofá sin cojines y varias neveritas llenas de cerveza esperan silenciosas.
El día promete. El balcón comienza a llenarse de gente que ha llegado hasta la montaña para conocer cómo se hace el ron cañita. Hay tres hombres desyerbando y limpiando la finca, que en un mes tendrá una gran fiesta jíbara.
Rodeado de curiosos, don Juan comienza a elaborar el pitorro, que comienza con la fermentación de la melaza de caña y culmina con la destilación del ron. Ángel M. Rivera
En 20 minutos llega don Juan, veterano en el negocio del ron clandestino. Según cuenta, ya son 40 años haciendo pitorro. Y con don Juan, llegan las risas. “Ya sabes que si vamos a ir presos, tú me sacas”, dice muerto de la risa al abogado. Ríen. Se presentan todos. Un señor de unos 40 años, que llega con su hijo adolescente, llama la atención entre los presentes. “Él trabaja en Corrección”, comenta el abogado.
“Perfecto”, contesta don Juan. “Si voy pa’ dentro, me van a visitar a Bayamón, y con éste de Corrección, allá me tratarán bien”. Vuelven a reírse.
Rodeado de los curiosos, don Juan comienza su clase. “Hay que botarle el mostro. Eso es lo que sobró. Es la melaza que no sirve”, explica mientras abre una zanja en la tierra con un pico filoso. Destapa el dron de ‘stainless steel’ y sale un líquido marrón oscuro con olor a caña fermentada.
Prepara el fogón bajo el dron de metal y da la señal. Desde la casita de madera, uno de sus ayudantes succiona una manguera de patio por una esquina y la conecta al dron de plástico en el minúsculo cuartito. De inmediato, la melaza comienza a moverse a toda prisa hasta el dron de ‘stainless steel’. En minutos se vacía el dron de plástico. Y don Juan grita las instrucciones. “Déjale el pie, el pie, pa’ la próxima”, refiriéndose a tres pulgadas de fondo que necesita para comenzar la otra mezcla de melaza. Esa la prepararán más tarde y la sacarán en los próximos 15 días.
Con el resto de la melaza debidamente transportada hasta el dron plateado, don Juan se encarga de conectar y asegurar con tiras de tela y harina de maíz toda la tubería en cobre y metal.
Mientras el dron calienta y se ajustan todas las mangas que ayudarán en la destilación del ron, las conversaciones sacan chispas. Don Juan narra una de tantas veces que ha pisado un tribunal para pagar multas por su negocio. “La última vez me cogieron de pen… Era un encubierto y me vino a comprar carbón y luego me pidió ron. Como no tenía la pistola encima… le vendí”, dice sobre un caso donde él mismo se defendió sin utilizar abogado, por tal de economizarse los $500 de representación. “Ya sé lo que me van a decir”, comenta. Lo multaron con $52, pero como el encubierto le había pagado $35 por el carbón y el ron, sólo perdió $17 por el mal rato.
Comienza a lloviznar y corre a tapar el fogón con una plancha de cinc. Dos mujeres llegan con bolsas de compra. “¿Qué traíste?”, les pregunta tan pronto llegan al rancho. “Ñame, yautía, papa, calabaza”, dicen y comienzan a preparar el guiso.
Es cerca del mediodía y se siguen sumando visitantes a la fiesta de campo. El vapor de ron ha calentado una manga de cobre que se conecta a una serpentina ubicada en un tercer dron con agua fría. Allí finalmente es que ocurre la transformación. El vapor se convertirá en líquido y saldrá por un pequeño tubo de cobre envuelto en algodones y colado con más algodón. Son casi las 2:08 de la tarde cuando comienzan a gritar: “está saliendo, está saliendo”. Comenzó, la fiesta.

A fines de octubre se publicaron no uno sino dos libros sobre la danza en Puerto Rico: ‘Andanza: Imágenes y trayectoria’ es un documento complejo y completo sobre el desarrollo de nuestra primera compañía de danza contemporánea, sobre cómo se hace danza aquí y cómo organizar, sostener y estimular una organización artística sin apoyo estatal confiable y consecuente. ‘Cartilla de un oficio: Abecedario de un actor-mimo’ es la reedición de un libro de texto que Navarra escribió, ilustró y publicó en 1986 para sus cursos universitarios de pantomima. Son dos libros muy bien pensados y bellamente diseñados, ilustrados e impresos que se prestan a múltiples lecturas y placeres, especialmente incitados por las fotos y los dibujos de cada uno.
En la mejor tradición latinoamericana, ‘Andanza: Imágenes y trayectoria’ recoge la colaboración amorosa de una familia; pienso en Danzahoy, de Venezuela, y Corpo, de Brasil, a la que perteneció Lolita Villanúa, autora de los textos de este libro, por tres años. Ambas compañías se conocen en Puerto Rico. En todas y en este nuevo libro, vemos el proyecto de una familia que hace suyo el sueño de sus hijos bailarines mediante el desarrollo de temas y actividades propios: aquí se vuelve a publicar el ensayo ‘Bailarines’, de Ana Lydia Vega, y se organiza el libro en torno a las fotografías que a lo largo de esta década ha tomado Robert Villanúa, convirtiéndose en un extraordinario fotógrafo de danza.
Detengámonos aquí: la fotografía y la danza están en las antípodas, la una estática, la otra móvil. El gran reto para el fotógrafo es capturar la continuidad del tejido coreográfico, del tránsito corporal a través de tiempo y espacio. No la pose, no el paso, sino un instante de la totalidad fugaz que comunique movimiento y disimule la fracción de tiempo, el foco espacial. Las de Robert Villanúa son buenas como fotos, son fieles a la danza en cuanto la representan sin congelarla y además preservan y documentan un camino. Lo primero que convoca al disfrute de este libro es su riqueza visual, pero hay más.
Lolita Villanúa introduce el libro con dos ensayos, ‘Sobre Andanza’ y ‘Andanza en la educación’, en los que la directora artística describe el desarrollo de la compañía, su escuela y sus proyectos sociocomunitarios mientras reflexiona sobre sus logros y dificultades. Estos ensayos explicitan cómo se arma un proyecto de esta envergadura, análisis y visión que generosamente ilustran un modelo organizativo y administrativo.
La actividad de Andanza se documenta minuciosamente mediante una lista completa de su repertorio y de cada temporada e incluye una breve explicación de su estética con el cartel correspondiente y breves citas de críticos, créditos completos por pieza, dirección técnica y regiduría, identificación de los bailarines en cada foto y el año en que esta se tomó. Al final del libro se presentan los miembros actuales de la compañía con sus haberes profesionales, una lista de colaboradores y los nombres y fotos de todos los bailarines que han pertenecido a Andanza. Para los estudiosos de la danza, esta es una aportación de incalculable valor.
Todas estas lecturas posibles han sido cuidadosamente entrelazadas por Lolita Villanúa, sus colaboradores y su excelente diseñadora, Diana Isabel Micheli. ‘Andanza: Imágenes y trayectoria’ es un libro hermoso y celebratorio que proyecta el entusiasmo, la alegría y el profesionalismo que caracterizan el trabajo de Andanza. Es, además, el segundo libro que se publica en Puerto Rico sobre el desarrollo de un grupo. El primero, de Gilda Navarra, fue ‘Polimnia. Taller de Histriones 1971-1985’, publicado en 1988. Componen un dúo interesante.
Con ‘Cartilla de un oficio: Abecedario de un actor-mimo’, que incluye ilustraciones y textos teóricos e históricos de Gilda Navarra, Fragmento Imán Editores lanza su nueva colección de teatro, ‘La caja negra’. Es un libro que bien valía la pena reeditar íntegramente. Su primera edición de 200 ejemplares numerados se fotocopió y armó en espiral y se ha seguido reproduciendo algo artesanalmente para satisfacer las necesidades de los cursos de pantomima. Sofía Sáez Matos lo ha convertido en un bellísimo libro que incluye la ‘Trayectoria del actor-mimo’, según Navarra “un fragmento del relato que llamé Polimnia”, conferencia presentada en el Ateneo Puertorriqueño en agosto de 1983; dos esquemas titulados ‘Diferencia entre pantomima y mímica’ y ‘Diferencia entre danza y mímica’; un glosario; una bibliografía; y la parte central y más larga del texto: los ejercicios de entrenamiento, que los editores apropiadamente han llamado el Abecedario.
Los ejercicios se explican gráfica y teóricamente, en el orden en que deben ejecutarse. Comienzan con el calentamiento, dirigido a una “relajación total” que permite “escuchar los latidos del corazón”, y culminan con las ondulaciones, pasando por la despiadada “escalerita”. Vienen acompañados por estupendos dibujos de Navarra que los ilustran paso a paso mediante figuras de palito. En la primera edición se imprimieron en negro sobre blanco; en esta, la diseñadora los ha puesto en blanco sobre negro, lo que logra gran calidad y elegancia y convierte la ilustración utilitaria en arte. Estos dibujos aparecen además en la portada negra, cruzándola en una línea horizontal infinita, tan atractiva como sugerente y divertida.
La rutina de entrenamiento y teoría ilustrada del cuerpo en la danza y el teatro que se discute sirve para aprender a interpretar el uso del cuerpo en el espacio. Presentar este texto, histórico a la vez que actual, como parte de su colección de teatro ha sido un gran acierto de Fragmento Imán Editores y nos ha provisto de un libro que, como ‘Andanza: Imágenes y trayectoria’, puede apreciarse desde muchos ángulos, en primer lugar como atractivo objeto-libro.
En conclusión, ‘Andanza: Imágenes y trayectoria’ y ‘Cartilla de un oficio: Abecedario de un actor-mimo’ también pueden leerse como reflexiones acerca de la historia y el desarrollo de la danza y la danza-teatro en Puerto Rico.
La autora es profesora universitaria y escribe a menudo sobre el baile. Por Susan Homar.

En estos tiempos de tan frecuentes y variadas barbaridades, no está de más hacer una visita a la palabra “bárbaro”, de tan interesante historia. La palabra viene del latín “barbarus”, y esta del griego “barbaros”, que ya en el siglo V a. C. significaba ‘extranjero’. Esta designación surge no sólo en referencia de la procedencia forastera de la gente, sino específicamente de su manera de hablar.
Dice Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española, escrito en 1611 y considerado el primer diccionario monolingüe del español (o sea, español-español), de la palabra “bárbaro”: “este nombre [dijeron] los griegos de la grosera pronunciación de los extranjeros, que procurando hablar la lengua griega, [la estropeaban] con los labios, con el sonido de bar-bar-bar”.
Covarrubias continúa: “de aquí nació el llamar bárbaros a todos los extranjeros de la Grecia, a donde residía la monarquía, y el imperio, después que se pasó a los romanos. También ellos llamaron a los demás bárbaros, fuera de los griegos”.
En aquellas circunstancias, donde lo extranjero constituía una amenaza constante, no es de extrañar que se codificara el desprecio a los grupos foráneos en la misma palabra que los designaba. Cito a Covarrubias sobre las acepciones despectivas que la palabra había adquirido para 1611: “finalmente a todos los que hablan con tosquedad y grosería llamamos bárbaros; y a los que son ignorantes sin letras, a los de malas costumbres, y mal moderados; a los esquivos que no admiten la comunicación de los demás hombres de razón, que viven sin ella, llevados por sus apetitos, y finalmente a los que son despiadados y crueles”.
Pero el tiempo siguió pasando, y la lengua siguió evolucionando. En 1726, aparece por primera vez en los diccionarios el valor de “temerario, arrojado”. Estos adjetivos equivalen a imprudente, excesivamente atrevido u osado, pero introducen rasgos de alguien resuelto, intrépido, valiente. La valoración inicialmente despectiva se va moviendo hacia una más apreciativa.
En 1984 aparecen en los diccionarios los valores de ‘grande, excesivo, extraordinario, magnífico’ (“Le dio un regaño bárbaro”), y de ‘excelente, llamativo, magnífico’ (“La fiesta quedó bárbara”). Ese año se recoge también, por primera vez, la frase “qué bárbaro”, como exclamación que indica asombro y admiración.
Esta curiosa oscilación semántica entre un valor extremadamente negativo y uno extremadamente positivo ocurre en otros adjetivos, por ejemplo, “brutal” y “bestial”: “El examen estuvo brutal/bestial; creo que me colgué” versus “Ese traje me queda brutal/bestial; lo voy a comprar”.
Como hemos visto, desde el comienzo, la palabra “bárbaro” estuvo relacionada con un habla diferente y luego no del todo correcta. De ahí que surgiera “barbarismo” para nombrar cualquier incorrección en la lengua oral o escrita. Dice Nebrija en su Gramática de 1492: “si en la palabra se comete vicio que no se pueda sufrir, llámase barbarismo”. Aunque los diccionarios aún registran significados similares a este, en la lingüística actual estos usos no tienen mucha solvencia. Ello responde a una actitud más científica y descriptiva ante los fenómenos, donde el juicio valorativo no tiene mucha cabida.
Además de “barbarismo”, otras palabras relacionadas son “barbarie”, “barbaridad” y “barbárico”. Todas estas mantienen la valoración despreciativa, como bien sabemos.
El nombre Bárbara tiene la misma raíz que “bárbaro”. El nombre se hace popular en Europa en veneración de Santa Bárbara de Nicomedia, que se dice fue martirizada en el 306. Ella quería convertirse al cristianismo, y su padre, enfurecido, la llevó al tope de una montaña y la decapitó. Mientras bajaba el filicida, le cayó un rayo encima y lo mató. De ahí que Santa Bárbara se convierta en la patrona contra los rayos, el fuego y la muerte súbita, una asociación que se mantiene en la Santa Bárbara/Changó de la santería.
Es interesante notar que el inglés, que también tiene las palabras “barbarous”, “barbaric”, “barbarian”, “barbarism”, no desarrolló las valoraciones apreciativas del español. De ahí que en internet haya grupos de apoyo entre “Barbaras” anglosajonas que descubren escandalizadas la etimología de su nombre, sin tener el alivio de una acepcioncita positiva. Ya ven: otra ventaja bárbara de vivir en español. Por Sherwood Droz.

Macabra, Esa es la palabra que mejor describe la trama de la novela corta de Pedro Cabiya. En ella el horror surge súbitamente, inesperadamente, insertado en lo que parecía ser, de inicio, una historia ñoña de amor entre Daniel y Gloria, dos recién casados. Nada de lo que se lee en los primeros párrafos nos prepara para la revelación: ella resulta ser un torso desprovisto del resto del cuerpo, una mujer cortada en dos por accidente que ha sido mantenida viva por medio de una serie de máquinas que procesan sus funciones corporales. Y lo más macabro de todo es que ella misma parece ignorar su condición. Se le revela justo a la vez que se nos revela a nosotros, cuando aparta las mantas que la cubren, aunque su amantísimo esposo controla enseguida su conciencia administrándole todo tipo de analgésicos y soporíferos para que siga viviendo ajena a su realidad.
Desde tal principio, el texto alterna entre el cliché romántico y el espanto. Ninguno de los dos extremos, sin embargo, son sencillos. Ni Daniel es el marido modelo que parecía ser, ni es realmente inocente respecto a la condición de Gloria, ni es ella únicamente la criatura dulce y amorosa, la víctima sufrida de un destino que la ha dejado totalmente dependiente de su marido.
Una vez planteada la situación -tanto en sus aspectos sentimentales como en los macabros- el texto se va desdoblando hacia las posibilidades que entrañan los dos extremos. Se va perfilando también la estructura que subyace a la anécdota: dos triángulos conectados por uno de los ángulos, el que corresponde a Raquel, la cuidadora de Gloria.
La existencia misma de la grotesca situación se le debe, en último término, a la intervención siniestra de Ezequiel, el hermano de Daniel (cualquier simbolismo apocalíptico no es, probablemente, accidental), en el curso de los acontecimientos. Este personaje, un dentista con vocación de convertirse en otro Dr. Frankenstein, ha logrado crear la Gloria de cuerpo artificial. Aun otra intervención hace que su criatura original se transforme todavía más. Aunque esta segunda intervención elimina uno de los triángulos y apunta hacia un final feliz de novela rosa, una última voltereta cambia de nuevo las fichas del modo más inesperado posible.
Cabiya capta a sus lectores dentro de las redes de un horror plausible, si no probable. El suspense que crea tiene tanto que ver con la vertiente sentimental de la trama como con la otra, inenarrable. El texto -de por sí muy corto- está dividido en capítulos que lo son más aún, pero que van añadiendo pequeñas modificaciones a la situación, modificaciones que tocan diversos registros del género: el médico resentido y maléfico; la tragedia inesperada; la tecnología deshumanizadora, la víctima inocente y la no tan inocente. Y aunque los personajes provienen todos de los más reconocibles clichés literarios, lo cierto es que la novela es eficaz: horrible, ingeniosa y, más aún, divertida.
Un tipo de horror muy diferente -mucho más convencional, literariamente hablando- informa la novela ‘Dark Lullaby’, de Mayra Calvani, escritora puertorriqueña residente en Bélgica, cuya primera novela, ‘Dark Hunger’, tenía como su eje a un vampiro que hacía de las suyas en el Viejo San Juan.
Como aquella, esta nueva novela tiene también en su centro a un ser misterioso y preternatural, esta vez una bruja. Gran parte de la acción se ambienta -apropiadamente- en un enclave apartado de Turquía, en un bosque al parecer habitado por todo tipo de seres siniestros, donde se ven y se oyen cosas extrañas y amenazantes.
Allí va a parar Gabriel Díaz, un astrofísico de origen puertorriqueño que vive en Baltimore. En una salida con su ex novia, Gabriel conoce a Kamilah, una chica bellísima y misteriosa que lo seduce y envuelve de tal manera que él accede a acompañarla a su Turquía natal antes de ir a Bruselas a esperar el nacimiento de su sobrina, hija de su hermana gemela, Elena. La niñez infeliz de los hermanos en Puerto Rico los ha dejado marcados para siempre, pero también ha establecido entre ellos un vínculo muy estrecho que los une sicológicamente.
A pesar de que la acción se pierde a menudo en unas discusiones interminables e irrelevantes sobre el bien y el mal, la culpabilidad y la inocencia, el crimen y el castigo, la narradora es lo suficientemente hábil como para superar tales ‘baches’ y rescatar el interés de los lectores. El recurso principal que contribuye a ello es el del ‘lector omnisciente’, tan usado en las películas del género. Es la posición en que se coloca al espectador (al lector, en este caso), dándole elementos de juicio que lo hacen conocer la situación mucho mejor de lo que la conoce el protagonista, que accede voluntariamente al peligro. El afán de ver cómo se podrá sobreponer Gabriel, desde una situación cada vez más indefensa, a la suerte que parece aguardarlo es uno de los grandes acicates a la lectura.
Eficaz, también, aunque sin pretensiones literarias más allá de las del género, esta novela funciona muy bien como lectura ligera.
Resulta interesante, por otro lado, que el género del horror -tan poco cultivado en Puerto Rico si no es, entre pocos otros, por Gustavo Agrait en las narraciones de ‘Somoru Vasarnap’- resucite en los escritos de dos narradores puertorriqueños jóvenes. No es menos curioso que ambos vivan fuera de la Isla, el uno en la República Dominicana, la otra en Bélgica. Por Carmen Hernández.